Los avatares de la noción de sociedad
civil
Por Oscar Fernández:
(Una
versión preliminar de este texto sirvió de base para la conferencia inaugural
que ofreció el autor en el seminario "Nuevos perfiles y mecanismos de la
sociedad civil en América Latina y el Caribe" realizado en Santo Domingo,
República Dominicana, los días 24 y 25 de agosto de 1995. El presente documento
ha sido publicado en el Boletín Electoral Latinoamericano No. XVII,
enero-junio 1997 pp. 79-96.)
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"Un nuevo
ideal ha nacido o renacido en las últimas décadas: la Sociedad Civil.
Anteriormente, si
alguien se interesaba en la noción de sociedad civil se habría pensado que se
trataba de un historiador de las ideas, interesado quizás en Locke o en Hegel.
Pero la frase en sí, no tenía resonancia ni capacidad evocadora.
Más bien la frase
aparecía empolvada. Ahora, de pronto, ha sido rescatada y desempolvada y se ha
transformado en un brillante emblema".
Ernest Gellner, Conditions of Liberty: Civil
Society and its Rivals, Penguin, New York, 1994, p. 1.
"Debe quedar
claro, de distintas maneras, que imaginarse lo que es la sociedad civil , es un
asunto completamente contradictorio. Quizás, en gran medida, porque hoy es muy
difícil establecer lo que la sociedad civil actualmente significa".
Keith Tester, Civil society, Routledge,
Londres, 1992, p.143.
"Quien
recurre a la sociedad civil como fórmula mágica pronto se encontrará con una
fórmula vacía".
Norbert Lechner,
"La problemática invocación de la sociedad civil", en: Espacios,
No. 4, abril- mayo, 1995, p. 7.
Una noción
oscura, pero movilizadora
Partamos, pues, de
esa rica paradoja que claramente se desprende de los epígrafes que encabezan
nuestra reflexión.
A pesar de que hoy
menos que ayer exista acuerdo sobre el contenido significativo de la expresión
sociedad civil, hoy, quizás más que ayer, amparados a esa noción, o enarbolando
esa bandera, impugnadores, reformadores o dirigentes de diverso orden y signo,
se sienten bien escudados al evocar o al invocar esas palabras.
La fuerza de la
fórmula, la fortaleza del sintagma, para formularlo en términos lingüísticos,
reside probablemente en su carácter polisémico: no se trata de un concepto
definible en términos precisos; se trata más bien de una noción de contornos
vagos, de significados múltiples y de referentes indiferenciados, pero con una
indudable y marcada resonancia cognoscitiva que evoca anhelos y aspiraciones
compartidas, capaces de suscitar acciones colectivas legitimadas y con
frecuencia transformadoras.
Como lo afirma con
acierto Norbert Lechner, la referencia a la sociedad civil "juega con la
ambigüedad; se sustrae a la prohibición legal y al tabú que pesa sobre toda
actividad política, a la vez que impulsa una movilización social"1.
Por consiguiente,
en el sintagma sociedad civil, tan importante puede resultar la clarificación
de su contenido semántico como el análisis variado y variable de su
funcionamiento práctico y político. En realidad, el debate en torno a la
sociedad civil nunca estuvo circunscrito al campo estrictamente teórico. La
evocación o la resonancia de esa noción siempre se acompañó de un cierto poder
convocatorio.
Si en su
enunciación originaria, en los albores de la modernidad, sintetiza el esfuerzo
de fundamentar el poder en lo secular y en lo terreno, enfrentando y
erosionando el supuesto derecho divino de las monarquías europeas, siglos
después la noción sería incorporada en la variante gramsciana del marxismo
occidental, para reaparecer luego, con más convicción y eficacia, en las filas
de la oposición intelectual y popular a los regímenes autoproclamados
socialistas de los países de Europa del Este y en la resistencia sostenida
contra las dictaduras militares autoritarias en los países de América del Sur.
Su empleo, con
efectos políticos, no se reduce sin embargo a los casos citados. Paralelamente,
y en forma más reciente, la noción de sociedad civil ha alimentado el proyecto
y la ilusión de evacuar y sustituir la institucionalidad política partidaria,
sobre todo en aquellas sociedades adonde el pluralismo partidario no encontró
condiciones propicias para su consolidación y desarrollo o adonde, por diversas
razones, el quehacer político institucional ingresó en una fase de abierto y
reconocido descrédito. En esos casos, con frecuencia, el quehacer de las
organizaciones de la sociedad civil aparece más bien como una forma no
reconocida, camuflada o alternativa de hacer política.
Es posible por
ello afirmar, que en sus diversas y sucesivas formulaciones, la noción de
sociedad civil ha enfrentado una concepción de civilidad polémica a las
prácticas y a las representaciones del poder predominantes en su momento
histórico: 1) la de contractualidad social y autofundante a la legitimidad
sagrada del poder defendida sobre todo por los teóricos absolutistas de la
pre-modernidad; 2) la de una civilidad fundada en la persuasión, el arreglo y
el consenso frente al recurso a la violencia y a la lucha armada; 3) la de la
irreductibilidad de la vida social y cultural frente a las tentativas de
control y de subordinación por parte de un poder central, monopolizador de la
iniciativa y del quehacer político.
El significado del
adjetivo civil en el sintagma fabricado de sociedad civil, ha pasado pues por
un largo proceso de mutaciones, de reformulaciones y de cambios, dependiendo
con frecuencia de las legitimaciones del poder predominantes y de sus prácticas
derivadas, convertidas estas en el blanco de la impugnación.
Largo y complejo
trayecto semántico aquel marcado por la noción de sociedad civil. Sin pretender
desentrañar sus múltiples y a menudo oscuros vericuetos, intentemos destacar
únicamente algunos de los jalones que, sin contribuir necesariamente a la
aclaración de su significado, pueden permitirnos comprender mejor su exitosa
inscripción en estrategias discursivas, provistas, como lo hemos señalado, de
una efectiva resonancia evocadora y de un notable poder de convocación.
La progresiva
diferenciación de la sociedad civil y del Estado
En sus Dos
Tratados de Gobierno, John Locke enuncia de manera combativa su noción de
sociedad civil. Se enfrenta intelectualmente tanto a Hobbes, el gran teórico
del absolutismo, como a Sir Robert Filmer el gran defensor del derecho sagrado
de la realeza. Asimismo, Locke contribuye decisivamente a legitimar los logros
de la famosa revolución de 1688 que consolida la soberanía del Parlamento,
establece los límites del poder real y asegura, al mismo tiempo, la
independencia del poder judicial.
Como lo afirma
categóricamente el mismo Locke: "la monarquía absoluta, que algunos tienen
por único gobierno en el mundo, es en realidad incompatible con la sociedad
civil, y así no puede ser forma de gobierno civil alguno"2. El
poder que no se asienta, por consiguiente, en la legitimidad que le confiere el
consentimiento de la sociedad civil, no es poder legítimo: es simple y
llanamente despotismo.
Pero quizás lo más
sugestivo y pertinente del aporte de Locke reside en su insistencia en la
correlación sociedad civil-legitimidad del poder: "los que se hallaren
unidos en un cuerpo - afirma Locke- y tuvieren ley común y judicatura
establecida a quienes apelar, con autoridad para decidir en las contiendas
entre ellos y castigar a los ofensores, estarán entre ellos en sociedad
civil"3. En un mismo argumento Locke distingue y relaciona ambos
términos de la conexión: el poder tiene como misión asegurar la protección y la
defensa de los derechos de los individuos libres que constituyen la sociedad
civil. Lo que distingue el estado de libertad natural del estado de sociedad
organizada es precisamente la existencia de una autoridad legítima: "Esta
es el alma -afirma Locke- que da forma, vida y unidad a la comunidad política;
por donde los diversos miembros gozan de mutua influencia, simpatía y
conexión"4.
En un mismo
razonamiento, Locke señala los alcances y los límites del poder y establece, al
mismo tiempo, las condiciones de la legítima resistencia al ejercicio de ese
poder. Como lo subraya Ruth Grant al caracterizar el constitucionalismo de
Locke: "El pueblo es supremo pero al mismo tiempo subordinado; y lo mismo
puede ser dicho del gobierno. Estas relaciones son la consecuencia de fundar
toda obligación política en el consentimiento"5.
A diferencia de lo
que había sostenido Hobbes, para John Locke los individuos libres que dan
origen a la sociedad, no se someten irreversiblemente al Estado. La recurrida
imagen del simple depósito que los individuos hacen de su confianza y de su
obediencia al poder estatal, sigue siendo válida. En Locke aparece prefigurado
uno de los rasgos significativos predominantes de la noción de sociedad civil:
la de referir "a una sociedad total dentro de la cual las instituciones
no-políticas no están dominadas por las políticas y no asfixian tampoco a los
individuos"6.
En el siglo
siguiente, sin embargo, la noción de sociedad civil reforzaría ese rasgo y
adquiriría una connotación nueva. Para los filósofos de la escuela escocesa, y
en particular para Adam Ferguson, quien se decide a escribir y publicar la
primera historia de la sociedad civil, el elemento central de esa sociedad
civil reside no ya "en su organización política sino en la organización de
la civilización material. Una nueva identificación (o reducción) estaba siendo
aquí ya preparada: la de la sociedad civil y económica, revocando la vieja
exclusión aristotélica de lo económico desde la politike koinomia"7.
No es casual que sea precisamente en ese contexto histórico y geográfico que la
noción de sociedad civil adquiera una marcada resonancia económica. Desde
comienzos del siglo XVIII y a partir de la unión de Escocia e Inglaterra en
1707, la región se había venido convirtiendo en el más grande espacio de libre
comercio económico, lo que permitiría a Gran Bretaña convertirse en la más
importante potencia económica, a lo largo de ese siglo. Las profundas
transformaciones, que introduciría en la estructura social la incipiente
Revolución Industrial, llevarían a Ferguson a reflexionar sobre la creciente
expansión de un libre mercado de bienes y de servicios que quebraba las viejas
barreras del intercambio y se acompañaba de nuevos procesos de diferenciación y
jerarquización social. La representación de la sociedad civil que había
avanzado Locke, en la que los individuos que la componían gozaban de simpatía y
mutua influencia, va a dar lugar a una nueva representación en la que sus
componentes van a aparecer ligados no sólo por nexos de solidaridad, sino que,
además, van a estar enfrentados a terceros, en el ámbito plural de esa sociedad
civil : "Es vano esperar -señala Ferguson- que podamos brindar a la
multitud de un pueblo un sentido de unión entre ellos, sin admitir su
hostilidad hacia aquellos que se les oponen"8. El riesgo de ese
conflicto bélico, al que teme Ferguson, se ve contrarrestado, a sus ojos, por
el desarrollo creciente de la actividad y del intercambio económico. Las
milicias deben ceder el paso a quienes orientan su actividad a esos nuevos y
múltiples mercados. Desde esta perspectiva, la sociedad civil debe ser ese
nuevo ámbito en el que -supuestamente- la actividad económica no debe estar ni
subordinada ni amparada al poder político o militar.
Si en el caso de
Locke, el blanco de sus argumentaciones habían sido los defensores del
absolutismo real, para Ferguson, su preocupación es el riesgo de la guerra: se
hace necesario reforzar la pacificación y la estabilidad, condiciones
necesarias para el despegue y la expansión de la actividad comercial y
progresivamente industrial. En el primer caso se deslinda lo genéricamente
social del poder político; en el segundo, es más bien lo económico-social lo
que aparece diferenciado y aparentemente autonomizado de ese poder central.
Hegel y los
hijos de la sociedad civil
Este
desplazamiento semántico, desde lo genéricamente organizativo hacia lo
económico- social, en lo que respecta a la noción de sociedad civil, va a
persistir hasta el siglo siguiente y va a reaparecer en la formulación que de
esa sociedad civil va a hacer Hegel y que luego va a continuar Marx.
Hegel va a
destacar, sin embargo, un rasgo que había estado minimizado en las formulaciones
anteriores, valga decir el de su contenido ético: "De acuerdo con Hegel,
un espacio institucional ha sido creado para la moralidad privada, el cual no
debe convertirse en `asunto de legislación positiva'"9.
Para que el Estado
pueda alcanzar su realización plena, es decir, la de una organización que
permita los individuos alcanzar sus intereses tanto particulares como
generales, es necesario pasar -según Hegel- del ámbito institucional de la
familia al espacio de la sociedad civil. En ese espacio adquiere particular
importancia la figura de la corporación: "La corporación es la segunda
raíz, la raíz ética del Estado ahondada en la Sociedad Civil, después de la
familia"10.
La modernización
implica entonces un progresivo debilitamiento de los lazos sociales
tradicionales, entre los cuales sobresalen los familiares. De acuerdo con
Hegel, "la Sociedad Civil arranca al individuo de este lazo, aleja unos de
otros a los miembros de este vínculo y los reconoce como personas
autónomas"11. El diagnóstico de Hegel es terminante y sin duda
alguna históricamente excesivo: "El individuo se ha tornado hijo de la
Sociedad Civil, la cual tiene tantas pretensiones respecto a él, como derechos
tiene él respecto a ella"12.
La
institucionalidad corporativa permite así la realización de los diversos intereses
privados orientados a la actividad económica. Como lo destaca acertadamente
Keith Tester: "Hegel recalca el status de la sociedad civil como aquella
esfera en la que los individuos operan con sus capacidades privadas"13.
Pero va a ser el mismo Hegel quien mejor va a sintetizar su propia tesis sobre
el papel integrador de las corporaciones en la sociedad civil: "El miembro
de la sociedad Civil de acuerdo a su particular aptitud, es componente de la
corporación, cuyo fin universal es, por lo tanto, enteramente concreto y no
tiene otro ámbito sino aquel de la profesión, el negocio y el interés
particular"14.
Podría concluirse,
a partir de lo antes dicho, que el ámbito de la Sociedad Civil, visto desde la
óptica hegeliana, se reduciría a la institucionalidad corporativa
exclusivamente económica. Sin embargo, el espacio queda abierto para incluir
dentro de él otras estructuras organizativas, cuyos fines no serían ni
exclusiva ni primordialmente económicos. Según Hegel, la sociedad civil
aparece, "organizada en sus asociaciones, comunidades y corporaciones
constituidas, las cuales de este modo mantienen una conexión política"15.
Bien que mal, esta
relativa ambigüedad en la formulación hegeliana va a permitir una elaboración
posterior más rica y sugestiva que no será precisamente obra de Marx, sino más
bien de Gramsci.
Gramsci:
estratega de la sociedad civil
En el diagnóstico
de Marx sobre el desarrollo histórico del capitalismo occidental, la noción de
sociedad civil aparece claramente localizada en la base económica de las
sociedades investigadas. No sólo afirma Marx que "la anatomía de la
sociedad civil hay que buscarla en la economía política"16, sino
que además señala claramente su contenido: "Incluye el conjunto de las
relaciones materiales de los individuos en el interior de un estado de
desarrollo de las fuerzas productivas. Incluye el conjunto de la vida comercial
e industrial de una etapa"17. El contenido económico no solo aparece
reiterado, sino que su función aparece redoblada, en la medida en que Marx
atribuyó
a la base
económica, una función determinante. El componente extraeconómico de la
sociedad civil, esa dimensión institucional que desbordaría lo estrictamente
económico y que había sido apenas olfateada por Hegel, queda en Marx otra vez
relegada.
Así parece haberlo
comprendido Antonio Gramsci, cuando realiza, como lo ha repetido
insistentemente Norberto Bobbio, una relectura unilateral de ese concepto, a
partir de la obra de Hegel 18.
Primeramente,
Gramsci reintroduce el contenido ético en la noción de sociedad civil, al
destacar la importancia de la actividad educativa y cultural que tiene lugar en
el ámbito de lo estatal y que contribuye a elevar -en forma ciertamente
diferenciada- la formación de los ciudadanos.
Segundo, Gramsci
diferencia claramente, dentro del Estado, la sociedad civil de la sociedad
política, de manera tal que ambos términos aparecen ligados en una célebre
ecuación: "En la noción general de Estado entran elementos que deben ser
referidos a la sociedad civil (se podría señalar al respecto que Estado =
sociedad política + sociedad civil, vale decir, hegemonía revestida de
coerción)"19. Dentro de la categoría de sociedad civil, Gramsci
incluye así la multiplicidad de organismos "vulgarmente considerados
privados" (Escuelas, Iglesias, órganos de prensa) que corresponden a la
función de hegemonía cultural y política que, según Gramsci, el grupo dominante
ejerce sobre toda la sociedad.
Tercero, la
elaboración que Gramsci hace del concepto hegeliano de sociedad civil, lo lleva
a convertir ese concepto originalmente difuso, en una categoría de cierta
utilidad para el análisis socio-político. Prueba de ello, la distinción
tipológica que Gramsci opera entre lo que él denomina las sociedades orientales
y las occidentales: "En Oriente -afirma Gramsci- el Estado era todo, la
sociedad civil era primitiva y gelatinosa; en Occidente, entre Estado y
sociedad civil existía una justa relación y bajo el temblor del Estado se
evidenciaba una robusta estructura de la sociedad civil. El Estado sólo era una
trinchera avanzada, detrás de la cual existía una robusta cadena de fortalezas
y casamatas"20.
Cuarto, quizás el
más original aporte que Gramsci hace en torno a la noción de sociedad civil lo
constituye la explicitación de su significado y de su valor estratégico en la
lucha y en el combate político. En el pasado, la teorización en la que había
estado envuelta esa noción, no dejaba de tener ciertamente consecuencias o
derivaciones políticas. Sin embargo, Gramsci va más allá: la inscribe
abiertamente en un programa político. Animado por el propósito de contribuir a
la transformación revolucionaria de las sociedades occidentales, inspirado en
la supuesta ineluctabilidad del pronóstico marxista, pero consciente, al mismo
tiempo, de las notables diferencias que distinguían a las sociedades europeas
occidentales de la Rusia zarista que había hecho posible la revolución del 17,
Gramsci propone una estrategia política distinta. Para ello recurre al símil
militar, con el fin de destacar la desigual importancia estratégica que en un
caso o en otro adquiere la sociedad civil.
Como lo señalaban
hace algunos años Grisoni y Maggiori, para Gramsci "la revolución
occidental no puede consistir únicamente en una captura del poder estatal
(político-coercitivo) ya que la dominación de la burguesía reposa también y
sobre todo en el consentimiento que obtiene de las clases subalternas, al poner
en acción los órganos de su poderosa y omnipresente sociedad civil"21.
Si algo queda
claro de la tesis gramsciana sobre la sociedad civil, es el reconocimiento
inequívoco que este hace de la importancia y solidez de la sociedad civil en
las sociedades occidentales y de la resistencia, que al mismo tiempo esta
ofrece, a todas aquellas tentativas de cambios revolucionarios, precipitados o
violentos, que se han generado incluso en períodos de crisis agudas o
prolongadas. Recurriendo así al símil militar, Gramsci afirma: "Ni las
tropas asaltantes, por efectos de las crisis, se organizan en forma fulminante
en el tiempo y el espacio, ni tanto menos adquieren un espíritu agresivo;
recíprocamente, los asaltados no se desmoralizan ni abandonan la defensa, aún
entre los escombros, ni pierden la confianza en las propias fuerzas ni en su
porvenir"22. Como corolario de lo anterior y teniendo en cuenta
esas condiciones, Gramsci privilegia el combate político que se libra en el
interior de la misma sociedad civil: la guerra de movimiento, fundada en el
asalto rápido y efectivo, debe ceder el paso a la guerra de posiciones, que, en
este caso, debe buscar la conquista de ese consentimiento y esa aquiescencia
del grueso de la ciudadanía, mediante las armas del convencimiento y la
persuasión. Esto constituye, a los ojos de Gramsci, un trabajo inevitablemente
lento e irremediablemente difícil.
Si en la obra de
Locke, la sociedad civil encuentra una primera formulación, si en Hegel
encontramos su sistemática conceptualización, en Gramsci el concepto hegeliano
nos revela su encubierta dimensión estratégica. No está de más afirmar, que
Gramsci se convierte así en el más polémico estratega de la sociedad civil.
¿La
sociedad civil contra el Estado?
Sería sin duda
exagerado sostener que Gramsci ha suministrado las armas teóricas o estratégicas
a la totalidad de grupos o movimientos que han enarbolado recientemente la
bandera de la sociedad civil. Hay que tener en cuenta que, así como la noción o
el concepto de sociedad civil han sido extraordinariamente polisémicos, los
movimientos sociales o políticos que han colocado en el centro de su
preocupaciones o de sus reivindicaciones la afirmación o el desarrollo de la
sociedad civil, han germinado en contextos societales muy variados y enfrentado
resistencias muy diversas.
Sin embargo, como lo
ha destacado Tester, "gran parte del interés en la sociedad civil durante
las postrimerías del siglo XX, ha estado directamente inspirado en la
interpretación del problema hecha por Gramsci"23. La prioridad,
señalada por Gramsci, de emprender o desarrollar una acción colectiva desde la
sociedad civil misma, ha permeado en cierta medida en aquellos que han
considerado que la defensa de sus intereses o de sus intenciones de
transformación política o cultural, pueden o deben encontrar terreno fértil en
el ámbito de esa recurrida y recurrente sociedad civil: sea para incidir, para
ocupar o para tratar de disminuir o desmantelar el aparato político del Estado.
Esos esfuerzos y
esas acciones han estado marcados por un signo político diverso e incluso
opuesto.
I) El
neoconservadurismo thatcheriano o reaganiano, que durante la pasada década de
los ochenta marcó el rumbo de las políticas de algunas de las potencias
occidentales, pretendió ejercer, para utilizar la categoría de Gramsci, la
dirección moral y cultural de esas sociedades. Alimentados por un espíritu de
cruzada, se propusieron como objetivo, como lo destacó Hirschman, "el
asalto retórico contra el Estado de bienestar en Occidente"24. La
estrategia argumentativa y práctica contra el intervencionismo del Estado,
habría de pasar sin embargo por dos momentos distintos pero complementarios: 1)
la del cuestionamiento de esa ampliación de la acción del Estado que iba
supuestamente en detrimento de las libertades e iniciativas individuales y 2)
la de las consecuencias indeseables e imprevistas de esas intervenciones, que
en vez de beneficiar o fortalecer a esa sociedad civil, como pretendían sus gestores,
provocarían más bien una serie de desequilibrios económicos y políticos que
terminarían por debilitar la capacidad de iniciativa de esa misma sociedad
civil 25. Lo más notable, en todo caso, resultaba ser la operación
reduccionista que tendía a identificar la sociedad civil con las relaciones
mercantiles. Partiendo del postulado de un mercado autorregulado y de la tesis
doctrinaria de un Estado mínimo, se promovió una cruzada en favor del mercado,
las privatizaciones y sólo subsidiariamente, de la democracia electoral. Con
ello se robusteció la desconfianza en las burocracias y en los políticos y se
estimuló la confianza exclusiva en el sector empresarial de la economía, al
mismo tiempo que se rechazaban y se descalificaban las reivindicaciones de los
sectores subalternos, cuyas demandas eran vistas como expresión regresiva de
intereses meramente corporativos. En esta nueva ola de globalización mercantil,
se reavivaban las ilusiones que tiempo atrás había expresado Ferguson: "La
mejor manera de hacer dinero es la de hacer dinero. Es bastante posible hacerlo
sin adquirir o sin fastidiarse mucho con el poder. (Es esto lo que virtualmente
define a la Sociedad Civil)"26.
II) Un significado
muy distinto adquirió la bandera de la sociedad civil en los procesos de
transición democrática experimentados tanto en las sociedades de la América del
Sur que padecieron durante la década de los setenta el ejercicio de gobiernos
de corte militar, como en aquellas otras sociedades de Europa del Este en la
cuales habrían de naufragar los regímenes de partido único autoproclamados
socialistas. En ambos casos, el estandarte de la sociedad civil llegó a simbolizar
la resistencia de sectores subalternos o excluidos, a la arbitrariedad del
poder político o militar. En ambos casos, el protagonismo de esa llamada
sociedad civil estuvo ligado a la movilización de actores que no tenían
ingerencia o participación activa en un juego político que los excluía, oprimía
o satelizaba. De ahí que O'Donnell y Schmitter hayan ligado ese fenómeno
histórico de la imprevista "resurrección de la sociedad civil" al de
la progresiva y demandada "reestructuración del espacio público"27.
En el caso del Brasil y de las sociedades conosureñas, el desalojo de los
militares de las funciones y de las responsabilidades del gobierno, se ven
precedidas por acciones de denuncia o impugnación provenientes del sector
académico, de grupos de artistas, de organizaciones empresariales,
profesionales o religiosas, así como de un sinnúmero de comités que dicen o
intentan defender los derechos humanos y, más concretamente, a las víctimas o a
los prisioneros de dichos regímenes. Asimismo, esa creciente red de
resistencia, va a permitir la aparición, posterior o paralela, de una
multiplicidad de agentes nuevos y de reivindicaciones variadas, sin que resulte
ya posible, la instalación de ninguna instancia centralizadora estable. El
recurso a nuevos valores culturales y su consiguiente propagación y emergencia
a lo largo de toda America Latina, hacen posible la irrupción y el desarrollo
de una gran variedad de movimientos sociales, cuyas demandas van a estar
marcadas por un tinte étnico, de género, de barrio o de región. Pero si en
América Latina, frente a las dictaduras militares, se trataba de "volver a
poner en movimiento" a la sociedad civil, en los países de Europa del
Este, como lo ha afirmado Fernando Henrique Cardoso, se trataba más bien de
"reinventarla"28. En Europa del Este, la tematización
estratégica de la sociedad civil, antecede en cierta forma, a su despliegue y
desarrollo.
El diseño de esa
nueva estrategia de reconstrucción y reactivación de la sociedad civil en
Europa del Este es el resultado de dos intentos fallidos de superación de las
dictaduras de partido impuestas en esas sociedades: la fracasada movilización
de Budapest de 1956 y los intentos de reforma impulsados desde arriba por
dirigentes del mismo Partido Comunista, en Praga, en la primavera de 1968.
Ambos esfuerzos se saldaron con la intervención armada de las tropas soviéticas
y ambos intentos revelaron y pusieron de manifiesto los límites aparentemente
infranqueables, y la poca plasticidad que ofrecía, la sociedad política de esas
naciones, como para volver intentar siquiera, su reforma o su modificación.
Inspirado quizás en el neo- evolucionismo propuesto por Adam Michnick, Jacek
Kuron precisaría el nuevo contenido estratégico del cual haría uso la oposición
democrática en Polonia. Sin pretender enfrentar a la dictadura en la arena
propiamente política, se hacía necesario estimular un radicalismo auto-
limitado que buscaría más bien reforzar las solidaridad social y cultural para
reconstruir, desde sus bases, una sociedad civil organizada y autónoma. A la
atomización de esa sociedad civil era necesario ofrecer un proyecto pluralista
y democrático.
A la guerra de
movimiento que Gramsci había cuestionado, se enfrentaba ahora una
reconceptualización de la guerra de posiciones. Pero a diferencia del
diagnóstico que Gramsci hacía de la solidez y fortaleza de la sociedad civil en
las sociedades occidentales, los intelectuales impugnadores poloneses señalaban
la necesidad de recrear más bien trincheras y redes. Era esa la única
posibilidad que veían de evitar un nuevo divorcio entre los ciudadanos y el
Estado, entre la nación y la sociedad política 29.
Una
representación tripartita de lo social
Sin lugar a dudas,
la bandera de la sociedad civil cumplió un papel decisivo en los procesos de
restablecimiento o de instalación progresiva de las reglas del juego
democrático, tanto en América Latina como en Europa del Este. Pero quizás el
aporte teórico mas novedoso que es posible desprender de esta reaparición de la
noción de sociedad civil resida en su expresada voluntad de auto-limitación.
Esta auto-limitación operaría en un doble sentido: 1) diferenciándola y
autonomizándola de la sociedad política, a la que no pretendería capturar ni
sustituir y 2) deslindándola asimismo de las relaciones mercantiles, al
distanciarla, de igual forma, de la vieja noción reduccionista que identificaba
la sociedad civil con el mercado.
Sólo de esta
manera la sociedad civil revelaría su especificidad y su realidad propia. Ni
subsunción de la sociedad civil en una nueva sociedad política, ni
identificación simplista de la sociedad civil con los actores o con las reglas
del mercado económico. Mediante esta nueva o recreada representación del
funcionamiento de lo social, resultaría así posible distinguir la arena
política de la arena económica para anclar, al mismo tiempo, la sociedad civil
en la arena de la matriz cultural. La irrupción teórica de este tercer término,
o de este "tercer dominio"30 como lo denominan Cohen y Arato,
permite posiblemente superar la concepción dicotómica sociedad civil-Estado,
que, con frecuencia, y como alguna vez lo apuntó Foucault, conduce
imperceptiblemente a una representación más bien maniquea en la que el Estado
se convierte en la principal fuente de los males de nuestro mundo
contemporáneo, mientras que la sociedad civil se preserva como el recurso
salvífico para sanar las dolencias y descalabros que socialmente hoy nos pueden
agobiar.
En una
representación tripartita de lo social, la sociedad civil no pierde en modo
alguno su importancia. Por el contrario, concebida como arena cultural, valga
decir como espacio diverso y contradictorio, la sociedad civil se torna así la
cantera en la que se prefiguran, y con frecuencia se configuran, las
orientaciones y las actitudes de los ciudadanos -o de los futuros ciudadanos-
en relación con la economía y con el poder. En la sociedad civil se deciden, se
preservan o se modifican, las preferencias que se expresan tanto en el mercado
como frente al Estado.
Ambito diverso y
contradictorio, en el seno de la sociedad civil se generan, se consolidan o se
deshacen tradiciones; se anudan, se fortalecen o se erosionan múltiples
solidaridades; se conforman, se redefinen o desvanecen un sinnúmero de
identidades. La sociedad civil, en su nueva pluralidad, puede ser así
distinguida de la figura históricamente pasajera que prevaleció en las
sociedades europeas del siglo diecinueve y, de esta manera, puede remitir a
procesos, relacionados o aislados, de transmisión cultural (legado de valores,
creencias y normas) , de integración social (cohesión que sirve de base para el
desarrollo de acciones conjuntas o colectivas) y de acompasada o desfasada
socialización (es decir: incorporación progresiva, en los individuos, de esos
diversos contenidos culturales que pueden permitir la eclosión de sentimientos
de pertenencia y adhesión a un "nosotros" parcial siempre
redefinible).
No obstante lo
anterior, la ambigüedad que había introducido Hegel en el concepto no parece
del todo desaparecer. La generación y la reproducción de esas actitudes y preferencias
en relación con el mercado y con el poder se desdoblan, casi que
inevitablemente, en una tipología y en una disyuntiva clásica, que no por
antigua deja de ser hoy sugestiva y pertinente: la del predominio de
estrategias individuales de costo-beneficio o la orientación alternativa de
decidida solidaridad (valga decir: la histórica polaridad egoísmo versus
altruismo).
En la trama
institucional de la sociedad civil sobreviven y coexisten la defensa de
aquellos intereses clara y abiertamente corporativos con las preocupaciones y
las acciones de una más amplia solidaridad, entendida esta última, como
"la habilidad de los individuos a responder y a identificarse con los
otros sobre la base del mutualismo y la reciprocidad, sin tener que intercambiar
la misma cantidad de apoyo, sin tener que calcular las ventajas individuales,
y, sobre todo, sin que eso sea obra de la compulsión"31.
Esta preocupación
y este interés por la sociedad en su conjunto y por el bienestar de la
totalidad ha sido de nuevo designada por Edward Shils con el añejado nombre de
civilidad, la que supone, no el desconocimiento de los inevitables y a menudo
justificados conflictos de intereses, sino el esfuerzo por encontrarles una equitativa
y durable resolución. No sin razón lo ha destacado nostálgicamente el mismo
Shils: "Las instituciones de la sociedad civil aparecen sostenidas no sólo
por la civilidad sino también por la reflexión racional sobre los beneficios
que confiere la búsqueda de esos intereses. Pero es el ingrediente de la
civilidad el que establece la diferencia entre su sobrevivencia y su
ruina"32.
1 Norbert Lechner, "La
problemática invocación de la sociedad civil", op. cit., p. 5.
2 John Locke, Ensayo sobre el
Gobierno Civil, Fondo de Cultura Económica, México, p. 55.
3 Ibid., p. 53.
4 Ibid. p. 141.
5 Ruth W. Grant, John Locke's Liberalism, University of Chicago
Press, Chicago, 1991, p. 107.
"Este fue el problema central de la teoría política inglesa en el
siglo diecisiete. En 1640, 1660 y
1680 apareció como justificación, tanto de la independencia del rey en
una constitución asociada,
como justificación de esa resistencia al mismo rey" Ibid.,
p. 106.
6 Ernest Gellner, Conditions of Liberty, op. cit., p. 193.
7 Jean L.Cohen y Andrew Arato, Civil Society and Political Theory,
MIT Press, Cambridge, 1995, p.90.
8 Adam Ferguson, An Essay on the History of Civil Society,
Transaction Books, New Brunswick, 1980,
p.25. La
versión original de esta obra fue publicada por Ferguson en Londres, en el año
de 1773.
9 Jean L. Cohen y Andrew Arato, Civil Society and Political Theory,
op. cit., p. 94.
10 Guillermo Federico Hegel, Filosofía
del Derecho, Editorial Claridad, Buenos Aires, 1955, p. 206.
11 Ibid., p. 199.
12 Ibidem.
13 Keith Tester, Civil society, op. cit., p. 22.
14 Guillermo Federico Hegel, Filosofía
del Derecho, op. cit. p. 204.
15 Ibid., p. 253.
16 Karl Marx, Contribution à la
critique de l'économie politique, Editions Sociales, Paris, 1972, p.4.
17 Karl Marx, Friedrich Engels, L'idéologie allemande, Editions
Sociales, Paris, 1972, p. 55.
18 Como lo sintetizaba asimismo
Hugues Portelli, "Partiendo los dos de la obra de Hegel, Marx y
Gramsci evolucionaron en sentido opuesto: el primero de ellos entendió
la noción hegeliana de
`sociedad civil' como el conjunto de las relaciones económicas, el
segundo la interpretó como el
complejo de la superestructura ideológica". Hugues Portelli, Gramsci
et le bloc historique,
Presses Universitaires de France, Paris, 1972, p. 13.
19 Antonio Gramsci, Obras, T.
1, "Notas sobre Maquiavelo, sobre Política y sobre el Estado
Moderno", Juan Pablos Editor, México, 1975, p. 165.
20 Ibid., pp. 95-96.
21 Dominique Grisoni, Robert Maggiori, Lire Gramsci, Èditions
Universitaires, París, 1973, p. 246.
22 Antonio Gramsci, Obras, T.
1, "Notas sobre Maquiavelo, sobre Política y sobre el Estado
Moderno", op. cit., p. 94.
23 Keith Tester, Civil Society, op. cit., p. 139.
24 Albert O. Hirschmam, The Rhetoric of Reaction, The Belknap
Press of Harvard University Press,
Cambridge, 1991, p. 132.
25 Hirschman ha puesto de manifiesto
ese trayecto argumentativo, que conduce de Hayek a
Friedman, en la obra que anteriormente hemos citado.
Un análisis aún más actualizado y reciente puede encontrarse en Albert
O. Hirschman, "`The
Rhetoric of Reaction -two
years later. (reflections on a book analizing anti-progressive
arguments)", Government
and Opposition, V. 28, No. 3, verano de 1993.
26 Ernest Gellner, Conditions of Liberty, op. cit., p. 74.
27 Guillermo O'Donnell y Philippe C.
Schmitter, Transiciones desde un gobierno autoritario, T. 4,
Paidós, Buenos Aires, 1988, p. 79.
28 Fernando Henrique Cardoso,
"Amérique Latine, liberté et pénurie", Le Courrier de L'Unesco,
noviembre, 1992, p. 23.
29 "En Polonia tuvo lugar una
verdadera revolución que se hizo a partir de la base.. Pero, ?qué pasó
una vez que Solidaridad triunfó? ?Se agotó la dinámica del movimiento?
?Hay que ignorar
entonces las reacciones de los obreros impugnadores? No lo creo, incluso
si la alianza de obreros
e intelectuales se ha deteriorado considerablemente desde el ascenso de
numerosos dirigentes
de Solidaridad a las responsabilidades de Gobierno.
Los obreros que han realizado la revolución no pueden ser mantenidos a
distancia del proceso
democrático. El problema consiste en convertir una experiencia
impugnadora en una
participación positiva en la reconstrucción social. Si eso no se logra,
fuerzas sociales
considerables rechazarán abiertamente o, en el mejor de los casos,
boycotearán el proceso de
reconstrucción de la sociedad polaca" Vladislav Adamski,
"Pologne, Reconstruire la société" en:
Ibid. p. 34.
30 Jean L. Cohen, Andrew Arato, Civil Society and Political Theory,
op. cit. p. 18.
31 Ibid., p. 472.
32 Edward Shils, "Civility and Civil Society", en: Edward C. Banfield,
Civility and Citizenship in Liberal
Democratic Societies, Paragon House, New York, 1992, p. 15.
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