Artículo
aparecido en “El Correo de la Unesco”, de mayo 2000.
· Lucía Iglesias
Kuntz
El
bien común se suma al beneficio puro y duro en los bancos éticos, que ganan
apoyo entre los ciudadanos que comparten sus ideales.
Los empleos y
salarios de miles de personas en el mundo dependen indirectamente de una
campana, la que cada tarde a las cuatro en punto marca el cierre del Dow Jones,
el índice de los principales valores de la bolsa neoyorquina. Casi dos billones
de dólares viajan a diario de un continente a otro a velocidades de vértigo; la
especulación puede hacer tambalearse a casi cualquier moneda y pocas plazas
bursátiles están a salvo de una caída en picada. Sin embargo, la preocupación ciudadana por vivir en un planeta
mejor está cada vez más presente en algo que, nos guste o no, define nuestras
vidas: el dinero.
Lucro y
solidaridad dejan de darse la espalda para hacerse complementarios, como
explica Juan Pina, periodista español especializado en economía social:
“Caminamos hacia una ética más acorde con la realidad, en la que el lucro deja
de ser una especie de mal necesario vinculado al egoísmo, y la solidaridad una
función exclusiva de los poderes públicos.”
Junto a las
tarjetas de crédito cuyas entidades emisoras y usuarios hacen llegar una
cantidad fija o un porcentaje de las operaciones a la Cruz Roja, Greenpeace o
Amnistía Internacional, en Europa, Japón o Canadá han surgido “bancos éticos”,
aquellos cuya rentabilidad se mide más en términos de utilidad social que de
intereses financieros.
Básicamente,
el mensaje que tratan de transmitir estas entidades es que, sin ningún esfuerzo
suplementario, los ahorros, escasos o cuantiosos, que muchas personas depositan
mensualmente en sus cuentas corrientes pueden también servir a sus ideales. Y
ello sin abandonar las garantías que ofrece la banca clásica: solvencia,
intereses, disponibilidad del dinero y rendimiento.
Los eslóganes
de algunos de estos bancos son de lo más explícitos: “El más alto interés es el
de todos”, dice un anuncio de la Banca Etica italiana. “¿Se contenta usted con
cerrar los ojos sobre el modo en que su dinero es utilizado o prefiere poner en
práctica sus principios?”, pregunta a sus clientes el Cooperative Bank del
Reino Unido. “Nos regimos más por los valores que por el crecimiento económico
y la eficacia”, reza un folleto del Citizen Bank japonés.
Un poco de historia
La finanza ética
moderna tiene su origen en Estados Unidos en los años veinte. La Iglesia
metodista, que hasta entonces veía la Bolsa como una oscura casa de apuestas,
decidió comenzar a invertir en ella, pero quiso asegurarse de no hacerlo en
empresas alcoholeras o implicadas en juego ilegal. Sin embargo, el auge de la
inversión socialmente responsable no llegó hasta los años setenta. En plena
guerra de Viet Nam, grupos de ciudadanos decidieron boicotear a la empresa
fabricante del gas napalm que, fumigado en la jungla vietnamita, causó graves
deformaciones en las poblaciones afectadas. A partir de entonces, iglesias,
fundaciones y universidades comenzaron a preguntarse sobre el destino de sus
ahorros.
Hoy día, la
ética está presente en productos bancarios muy diversos: desde los “fondos
éticos” de inversión, que observan con lupa las empresas cuyas acciones
compran, eliminando las que tienen actividades negativas o no aplican una
política salarial o social correcta, hasta cuentas corrientes que ofrecen una
tasa de interés algo inferior a la del mercado, pero se comprometen a invertir
parte de estos beneficios en proyectos de cooperación o ayuda al desarrollo.
Asimismo, los
operadores de la finanza ética son de naturaleza muy variada: algunos funcionan
como otro banco cualquiera, con sus sucursales, sus cajeros automáticos y sus
talonarios de cheques. Otros se asemejan más a mutuales o cooperativas de
crédito, como la NEF (Nouvelle Economie Fraternelle) francesa, activa desde
1988 prestando fondos únicamente a proyectos de pedagogía, agricultura
biológica o sanidad. Por último, signo de la era virtual en que vivimos, otros
tienen su ámbito de acción sobre todo en el ciberespacio. Es el caso de la
Banca Etica Universale de Italia, que abrió sus puertas en Padua hace poco más
de un año y hoy cuenta con oficinas en Brescia, Milán, Roma, Florencia y
Módena. Su presidente, Fabio Salviato, se enorgullece de haber reunido 4,5
millones de dólares con los que financiar 250 proyectos dentro y fuera de
Italia en tan corto espacio de tiempo. “Nuestro lema es la defensa de los
pobres. En el Tercer Mundo, por supuesto, pero también en Italia, donde
aproximadamente siete millones de personas viven por debajo de la línea de
pobreza”, dice Salviato, cuyo banco se especializa en inversiones sociales
repartidas en cuatro terrenos: la cooperación social – fundamental en un país
como Italia, con más de 4.000 cooperativas de este tipo -, el voluntariado, el
medio ambiente y la cooperación internacional: “Sobre todo financiamos a ONGs
con proyectos de microcrédito en Albania y Macedonia. En Guatemala hemos
colaborado en la constitución de una pequeña banca popular en la comunidad de
Chajul, que produce café para vendérselo a empresas de comercio justo”,
explica.
“La
remuneración que pagamos por los depósitos a plazo es la misma que la tasa de
inflación italiana, que oscila actualmente entre 2% y 2,5% y el interés que
damos por las cuentas corrientes es de 1%, algo inferior al del mercado. Pero
los gastos de gestión de la cuenta son también más baratos que en los bancos
convencionales.” Si ello es posible, se debe en buena parte a que detrás del
nacimiento de la Banca Etica están miles de voluntarios de otras tantas
asociaciones sin ánimo de lucro, pero con cuentas corrientes y necesidades de
crédito.
Dos mil
personas jurídicas y diez mil personas físicas tienen hoy ahorros en la Banca
Etica. Uno de ellos, Loris Rinaldo, ingeniero medioambiental, explica así sus
razones: “Creo firmemente que la economía controla el mundo mucho más que la
política, y que los bancos son en buena medida responsables de las decisiones
de por dónde ha de ir el desarrollo. No estoy de acuerdo con los bancos cuyas
inversiones se guían únicamente por los criterios de ‘dar dinero a los que ya
tienen dinero’ o ‘dar dinero a quienes les reportan más dinero’. Para mí, la
regla justa sería dar dinero a los que hacen cosas buenas, aunque o
forzosamente rentables. Por eso soy miembro de la Banca Etica.”
“La finanza
ética”, añade Rinaldo, “es una respuesta concreta a las críticas a nuestro
sistema económico, centrado en el máximo beneficio. Es el inicio de una
revolución, una verdadera revolución que parte de la base, de cada uno de
nosotros, y demuestra que es posible construir una economía basada también en
otros valores, en la solidaridad, la conservación del medio ambiente, la paz,
el respeto a los marginados ... en una palabra, una economía centrada en el
hombre.”
Claro está, no
todo el mundo es tan entusiasta como él. En una lista electrónica de discusión
sobre ética y economía abierta por el Citizens Bank de Canadá, se leen frases
como “enhorabuena por su inteligente campaña de marketing (...), pero no me
interesan las opiniones éticas de ninguna organización bancaria (...). Prefiero
que se concentraran en dar un mejor servicio al cliente con un menor costo”.
Cabe también
preguntarse si la finanza ética, que por un lado debe su existencia a una
preocupación ciudadana por vivir en un planeta mejor, no es también parte de
una campaña de imagen de la banca tradicional, ávida de captar a esa nueva
clientela socialmente responsable. Guy Hooker, director de la Cooperativa de
Inversión Etica (Ethical Investment Cooperative) del Reino Unido, estima que
“la gente elige inversiones y bancos éticos porque, colectivamente, se ha dado
cuenta del poder que tiene su dinero, aunque en muchos casos también porque
obtiene un mejor servicio”. Para él, interviene además el hecho de que el
público ve una relación directa entre su moral familiar y la política que
defiende el banco.
Conciliar sensibilidades
Ahora bien, la
noción de moral no es la misma para todos. A unos puede parecerles aberrante
que su banco financie a empresas entre cuyas actividades figura la compra-venta
de armas, aunque no encontrarán tan mal que preste fondos a compañías
tabaqueras o a determinado partido político. Igualmente, habrá quien prefiera
financiar proyectos de alfabetización antes que el salvamento de ballenas o el
comercio justo de bananas. Conscientes de ello, algunas entidades, como Triodos
Bank, nacida en los Países Bajos en 1980 con filiales hoy en Bélgica y el Reino
Unido, ofrecen a sus clientes la posibilidad de dirigir sus inversiones a áreas
muy específicas, como la agricultura orgánica o el desarrollo de la energía
solar en los países del Sur. Thomas Steiner, de Triodos, explica la manera en
que su banco trata de conciliar las diferentes sensibilidades: “Nuestras
oficinas de Bélgica, Países Bajos y el Reino Unido no funcionan como un
McDonald’s, que es exactamente igual en todos los países. Nuestra filial belga
tiene cierto sabor belga, pone el acento en la economía social, mientras que en
el Reino Unido nos centramos más en ayudar a las organizaciones caritativas y
nuestra máxima preocupación en los Países Bajos es el medio ambiente”, dice.
Además, a la
hora de otorgar créditos o elegir las compañías destinatarias de sus fondos, el
banco neerlandés aplica ciertas normas muy estrictas: “Como cualquier otro
banco, damos préstamos. Los criterios que utilizamos para otorgarlos o no son
‘positivos’; quienes nos piden dinero tienen que pertenecer a los campos en los
que actuamos: naturaleza, economía social, organizaciones sin ánimo de lucro,
cultura y cooperación para el desarrollo. Sólo prestamos dinero a proyectos que
cumplen estos criterios positivos. Por otro lado, tenemos fondos de inversión.
Invertimos el dinero que nuestros clientes nos confían en el mercado de
valores, a través de criterios que llamamos ‘negativos’. Sólo invertimos en
empresas que no tengan ninguna relación con la energía nuclear, las armas o el
tabaco.” Tras veinte años de existencia, Triodos Bank cuenta con una cartera de
40.000 ahorristas y 4.000 accionistas.
Un afán de transparencia
Otro de los
puntos por los que apuestan claramente los bancos éticos es la transparencia,
visible incluso en la Banque Alternative Suisse (BAS) que, en un país que
protege por ley el secreto bancario, publica anualmente los nombres de las
personas y empresas a quienes otorga préstamos, así como las cantidades
prestadas. El Citizens Bank, propiedad de la Vancouver City Savings
Credit Union, la mayor entidad de crédito de Canadá, va un paso más allá de su
programa de donaciones a la comunidad. Shared Interest Program (programa de
interés compartido), invita a los clientes a nombrar grupos que estiman aptos
para recibir una parte del fondo. Una vez recibidas, las sugerencias se
clasifican en cuatro grupos, según el área a la que se refieran. De nuevo se
invita a los clientes a votar el grupo que merece el 50% del capital, cuál el
25, cuál el 15 y cuál el 10%, y los fondos se otorgan en virtud de este
plebiscito.
En 1999, por
ejemplo, los clientes de Citizens Bank decidieron donar 17.700 dólares a la
Organización Católica Canadiense para el Desarrollo y la Paz (DEVP), que lucha
contra la pobreza y la injusticia en el mundo a través de sus filiales en 50
países. El segundo clasificado, Frontier College, una agrupación de
universitarios voluntarios muy activa en el campo de la alfabetización, recibió
ese mismo año casi 9.000 dólares. “Todo este proceso incluye la asesoría externa
de un comité formado por líderes de ONGs, clientes y personal del banco”,
explica Gillian Dusting, responsable de relaciones públicas de la entidad.
Asimismo, Citizens Bank se compromete a responder en 24 horas a todas las dudas
sobre su ideario ético que recibe por correo electrónico y su página web
contiene un foro de discusión sobre la finanza ética. Al cabo de tres años de
operaciones, el banco canadiense reunió depósitos por valor de más de 680
millones de dólares y sus beneficios de 1998 antes de impuestos rondaron los
tres millones de dólares.
Crédito y banca ética
El peso de la
banca ética en el panorama económico mundial es todavía pequeño, aunque aumenta
año tras año. Según cifras publicadas por el Servicio de Investigación sobre
Finanza Ética (EIRIS), desde enero de 1999 a enero de 2000 la cantidad total
invertida en fondos éticos en el Reino Unido pasó de 3.300 a 4.100 millones de
dólares. La OCDE *, por su parte, reconoce que aunque los bancos éticos “han
tenido un relativo éxito, están todavía lejos de cambiar las actitudes de las
instituciones bancarias convencionales”. Para la Organización, su principal
interés reside en que dan a las empresas sociales “otra respuesta al problema
del acceso al crédito”. David Perry, director del centro Markkula de Ética
Aplicada de la universidad californiana de Santa Clara, destaca precisamente
que “este tipo de bancos son, para algunas personas, la única manera de obtener
préstamos con programas de capacitación en empresas que pueden ser de gran
ayuda para gente que no conoce el mundo del comercio”.
En cuanto a la
evolución futura, para Giovanni Acquatti, presidente de la cooperativa
financiera milanesa MAG 2 e impulsor desde hace veinte años de la finanza ética
en Italia, Ésta “dependerá menos de la implicación de los poderes públicos como
el Banco Mundial o la Comisión Europea que de la fuera, el coraje y los
recursos que empleemos ebn convencer personalmente a la gente de que debe
actuar de otra forma. Hay que trabajar mucho, sin perder la esperanza. Y yo no
la pierdo”.
* Social Enterprise
in OECD member countries. (Informe de la Secretaría). DT/LEED/DC(98)2.
Citizens Bank of Canada:
www.citizensbank.ca/
Triodos Bank: www.triodos.al/
Banca Etica Univesale:
Piazzetta Forzatè 2, 35137
Padua, Italia (www.bancaetica.com)
Banque Alternativa Suisse:
http://www.bas-info.ch/